Dias de Quietud y Niebla
Recuerdo claramente el día que el Chino nos advertía que se venía una pandemia. Los rumores crecían. Una pandemia? Sonaba extraño, un tanto medieval y quizás apocalíptico, me recordaba a la peste negra. No sabría explicar cómo me sentí ese dia, fue una mezcla entre miedo e incertidumbre.
Semanas antes habíamos decidido mudarnos a la casa de mi madre para acompañarla y ayudarla con el mantenimiento de la casa grande de La Molina, la casa donde nací y pasé toda mi infancia y adolescencia.
Recuerdo estar en el auto un 28 de febrero, celebrando el cumpleaños de la Compañera, cuando su mamá también nos hablaba de una supuesta pandemia y debatíamos si realmente llegaría al Perú. Dos personas ya se habían sumado a esta supuesta crisis que se nos venía encima.
Increíblemente, menos de un mes después se anunció el estado de emergencia a nivel mundial. Gracias a Dios estábamos en casa de mi madre, pero nuestras vidas cambiaron por completo: de haber podido salir a dar clases de deporte, pasamos a estar literalmente encerrados; ni siquiera podíamos salir a comprar libremente debido a los horarios y toques de queda. Estábamos prisioneros en nuestras casas -los días eran largos.
Mirábamos la televisión y solo veíamos cifras de muertes aumentando en todo el mundo. Llegó el caso cero, y aquel pobre hombre fue casi tratado como culpable de haber traído el virus al Perú y por ende culpable de todas las muertes que se venían. Hoy paso a diario por la puerta de su edificio y también por el Colegio Médico del Perú, cuya fachada exhibe las fotografías y nombres de cientos de médicos fallecidos durante estos años. Un gran recordatorio para toda la población sobre lo que fue esta terrible época y cuantos médicos murieron expuestos a este virus salvando vidas.
Mi esposo y yo, salíamos a hacer las compras y la Av. Raul Ferrero parecía un desierto... totalmente desolado: solo tanques militares y sirenas. El ejército en las calles dando órdenes a los ciudadanos de regresar a sus casas y no estar en las calles. Todo parecía una película del fin del mundo. Usábamos mascarillas, máscaras de plástico, nos desinfectábamos las manos, los zapatos, prácticamente nos desinfectábamos todo. Estábamos muy desinformados y la población vivía con miedo. Estábamos viviendo una nueva era para la humanidad, cuanto tiempo más duraría esto? Nadie lo sabía…ni siquiera las mismas autoridades.
Aun así, logramos continuar de cierta manera con nuestras clases, pero esta vez de manera virtual. Pudimos ganarnos la vida durante esos meses pero era muy duro. Hacíamos deporte con mi madre cuando aún podía caminar y estaba más lúcida. Disfrutábamos de su hermoso jardín junto al roble y de sentarnos en el garage a mirar los atardeceres sin ver a ni un alma pasar. Todas las calles estaban vacías y las personas tenían mucho temor a salir y a contagiarse.
El confinamiento nos trajo miedo acompañado de otras tensiones. Vivir todos juntos intensificó los conflictos. Toda esta tensión y la situación confundió mucho a mi madre. Desde que había fallecido mi padre ella ya estaba comenzando a bloquearse y daba pasos hacia la niebla. La pandemia y el encierro la estresó aún más a sus 78 años de edad, aunque entonces no lo comprendíamos en su totalidad. Hubo dolor, malentendidos y culpas. Recuerdo una discusión fuerte en el jardín, un grito nacido del cansancio y de heridas antiguas. Hoy cargo con aquella culpa porque ella ya estaba confundida y no podía comprenderlo todo, su enfermedad entraba sigilosamente y no la dejaba ver con claridad, pero en aquel entonces yo no lo entendía. Ambas estábamos en una especie de limbo sin saber que era lo que realmente estaba ocurriendo.
Poco después decidimos marcharnos con mucha tristeza. Fuimos acogidos con generosidad por Kenny en un departamento vacío que nos prestaron. Y así llegamos a Barranco, a nuestro nuevo hogar bajo circunstancias insólitas y melancólicas.
Recuerdo el día que partimos de La Molina en un taxi con las pocas cosas que pudimos coger de la casa de mi madre, Florencia en el medio y nos invadían muchos temores. Tuvimos que dejar nuestro coche aparcado en una de las calles aledañas cerca de la casa de mi madre y el gran Rafo, el veterinario del barrio, iba a revisarlo de cuando en cuando para ver que estuviera bien. En el camino a Barranco, nos pararon los militares pero fue como si hubiésemos tenido un ángel guardián al lado, ya que no nos hicieron problemas y pudimos llegar sin ningún percance.
Fueron meses con muchos sentimientos encontrados, entre miedo, tristeza, culpa, rencor, nostalgia, no lograba realmente entender por qué nos habíamos ido, por qué mi madre había actuado de esa manera, mis hermanos, mi familia…todo era muy confuso y triste. Pero todo fue porque en la niebla, mi madre ya no veía nada con claridad y quizás ella nunca se enteró que nosotros queríamos tan solo acompañarla. Mi madre, en su confusión, le decía al resto de nuestra familia que estábamos invadiendo su espacio y la familia pensó que nosotros solo nos queríamos aprovechar de ella.
Lamentablemente ese mal entendido hizo que nos tengamos que marchar y dejarla en aquella casa junto con la señora que ya venia trabajando con ella hacia mas de 30 años.
A pesar de todo este abatimiento, la vida en Barranco fue muy pacífica y nos abrió una nueva etapa en nuestras vidas. Durante seis meses no pagamos alquiler y pudimos continuar trabajando menos pero al menos algo. Dictábamos clases de deporte online, caminábamos por calles vacías, escuchábamos a los pájaros cantar, el mar desde el acantilado se veía más limpio y cristalino, con más gaviotas que nunca, y cada atardecer con cielos de acuarela. Era un momento de mucha paz para la ciudad y la naturaleza, un momento sin ruido - días de quietud.
Durante el confinamiento estricto, le pedía a mi madre que me enviara artículos que no habíamos podido cargar cuando nos fuimos en el taxi como ropa, zapatos, sábanas y toallas. Entre las cosas que ella me mandaba, siempre incluía pequeñas notitas con mensajes como “Te quiero” o “Te extraño”. Leer aquellas notitas de amor me partía el alma. Sentía su tristeza, su soledad sin nosotros, y esa sensación me llevaba a cuestionarme, una y otra vez, si la decisión de habernos ido había sido la correcta. Después de esta etapa de encierro, pude hacer las paces con mi madre y visitarla una vez por semana, gracias a un permiso especial impreso que obteníamos en internet.
El confinamiento estricto duró del 16 de marzo al 30 de junio de 2020, y el estado de emergencia se extendió hasta octubre de 2022. Pensar en todo lo vivido —las pérdidas, las adaptaciones, las distancias, las pequeñas alegrías— resulta sumamente abrumador. La vida nos enseñó muchísimo: a valorar la salud, a nuestros seres queridos, a dimensionar el verdadero significado de la libertad.
Hoy en día a veces entras a alguna bodega o algún supermercado y ves los círculos pegados en el piso que indican que debemos guardar distancia. Eso era parte del protocolo de aquella época de la pandemia del Corona Virus: la distancia. Aquella distancia que nos afectó a todos de una u otra manera. Niños sin poder ir a la escuela ni poder sociabilizar, empresarios en quiebra, ancianos solos y familias separadas. Al inicio sentí que la distancia fue lo que mas nos llegó a afectar emocionalmente a todos. Ese desánimo bajaba nuestras defensas y estábamos mas propensos a contagiarnos. El hecho de no poder ver a nuestras familias y sentir que fácilmente uno los podía perder. La impotencia de no poder ayudar mas.
La distancia que viví con mi madre tanto física como emocionalmente fue muy dura, pero logro rescatar que fue parte de nuestro aprendizaje de vida y que a pesar de todo lo que pasamos, el tiempo me dio la razón y el amor pesó mas que cualquier cosa.
Hoy en día, mi madre vive cerca, a tan solo 10 minutos andando en una residencia geriátrica en Barranco. Con mucha pena vendimos su hermosa casa junto con el roble. Como echo de menos ese jardín, las flores, el suche, los rosales, los helechos, la terraza, el bello roble que vimos crecer desde su semilla y el parque delante de casa.
No he podido regresar a visitar mi barrio por la inmensa tristeza y recuerdos. Pero el desapego también ha formado parte del aprendizaje de mi vida. Hoy en día mi madre y yo nos vemos casi a diario y el tenerla ahora cerquita es algo que valoro inmensamente. Barranco se volvió nuestro nuevo barrio...
Comentarios
Publicar un comentario