La Niebla
Capítulo 1 – La niebla
Hoy ha sido el primer día que te he sentido lejos, perdida en la niebla…
Aquella niebla que distorsiona y difumina pero que al mismo tiempo permite distinguir una tenue silueta.
Hoy ha sido la primera vez que no te vi sonreír.
Siempre iluminabas cualquier espacio con tu hermosa sonrisa, el brillo de tus ojos y tus palabras de cariño. Cuando pasabas por la puerta o me veías entrar, tus ojos se encendían de alegría y ternura al verme. Siempre me decías qué hermosos eran mis rizos y que era tu yapita.
Hoy, por primera vez, sentí que veías mi figura distorsionada en la niebla.
Un ser muy alto estaba a mi lado, agarrándome de la mano y dándome fuerzas.
—No te derrumbes ahora —me susurró al oído suavemente—. Ahora, más que nunca, tienes que ser fuerte como el roble del molino. Ahora, más que nunca te toca a ti sonreírle e iluminarle los días. Tomamos un paso y nos adentramos a la niebla densa.
Guardé el llanto muy dentro de mí porque no quería que te dieras cuenta de mi tristeza, de todo lo que estaba pasando. Sentí mis ojos cargados de lágrimas, listas para huir como un río buscando salida al mar. Pero aquel ser me ayudó a contenerlas y, como por arte de magia, se evaporaron sigilosamente.
Te agarraba la mano mientras mirabas al vacío.
—Soy yo, Caroline, tu hija.
Yo sé que me escuchas por allí, en algún lugar. Sé que estamos juntas caminando por el parque. Hooooolaaaa… se escuchan los ecos. Cantamos canciones de Navidad y de repente me repetías alguna estrofa. Eso me decía que allí estabas escuchándome por momentos, intermitente, como una antena a la que se le va la señal.
Quisiera poder mirar a través de tus ojos. Quisiera saber qué sientes, qué piensas. Quisiera saber si me escuchas… si logras verme entre la niebla. Quizás esto es aún más duro para ti, y no quiero que sufras. Las lágrimas vuelven a acumularse… alma, ayúdame. Tan solo quiero decirte que aquí estoy caminando contigo en la niebla, que no estás sola. Como decía Herman Hesse “que extraño es vagar en la niebla, ningún hombre conoce al otro, vida y soledad se confunden”..
Mientras tanto, intentabas comer con hambre, pero sin realmente saber qué estabas comiendo. Ya no puedes comer nada sólido, todo licuadito, y quizás ya no distingues qué sabor es cuál.
—Mi esposo, con mucho amor, te cocinó y con mucho amor te licuó tu comida —te dije suavemente—. De postre, helado tricolor, el que tanto te gustaba y disfrutabas sonriendo. Tampoco logré sacarte una sonrisa, pero al menos te vi comiendo y creo que, de alguna manera, lo disfrutaste. Es cierto que cuando miras a una persona comer y disfrutar de su comida, eso también te llena de amor y de alegría.
Mientras el sol entra por la ventana, te enseño las plantitas. Unas que alguna vez estuvieron en tu casa, en tu terraza, y que con tanto amor regabas y podabas. Tengo en mi balcón todas tus plantas porque me hacen sentir que vives conmigo y que estarías orgullosa de ver cómo las cuido. Siento que al regarlas y al hablarles estás conmigo, que puedes mirarme a través de las plantas, que aunque las plantas no me conversen siento su energía y su presencia. Y esa es la energía que permanece.. Gracias, Ma, por darme esa sensibilidad por la naturaleza, por la vida.
Perdóname por todo lo que te dije y quizás te hirió. Perdóname por no haber sido, tal vez, la hija ejemplar. Por no haberte dado nietos. Perdóname por haber roto todo arquetipo de lo que quizás imaginabas que iba a ser. Perdoname porque al inicio de esta enfermedad me costó darme cuenta y perdía la paciencia contigo, pensando que no me prestabas atención. Pero no era eso, era que la niebla ya estaba entrando sigilosamente, sin avisar. En esos inicios a pesar de aquella niebla me decías y recalcabas que orgullosa estabas de mi y lo agradecida que estabas. Siempre me agradecías por todo.
Ahora te escribo y aún estás conmigo, pero a la vez cada vez te siento más lejitos. Siento que te extraño a pesar de tenerte físicamente. Me recuerda a esa ansiedad que sentía de pequeña y solo quería regresar a mi casa, a mi jardin, a mi habitación y mi protección junto a ti y a mi papá. Era mi lugar seguro. Tengo tantas cosas que contarte, tanto por preguntarte...
Siento que quiero estar contigo como antes. Pero el “antes” tan solo queda en el recuerdo. Ahora estás aquí, pero al mismo tiempo ya no. Esta enfermedad no tiene cura y no te vas a recuperar, tan solo me queda aceptar la realidad. Pero que duro está siendo todo esto y cuanto estoy aprendiendo a tu lado. Gracias porque a pesar de esa angustia que debes sentir al estar perdida en la niebla aun tienes la valentía de seguir adelante. Quizás esta es la enseñanza mas grande que me dará la vida: el agradecer y valorar cada instante, la consciencia, el poder tomar tu mano, de sentirte. En este plano tenemos la bendición de poder sentir nuestros abrazos.
Por eso abraza fuerte a tu padre o a tu madre, si los tienes contigo es una bendición, un regalo. Nunca te repares de decirles cuanto los amas. Agradéceles por todo lo que han hecho por ti. Aprovecha cada instante con ellos.

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